Son las 23:51 del Viernes y hace un rato volví a sentirme una niña.
Llevamos un buen rato en el salón, Peny, su novio Isaac y yo. De pronto tuve una idea... (Usualmente mi entorno se pone a temblar cuando digo que tengo una idea... pues no saben por donde voy a salir).
La idea en cuestión era jugar al escondite, en el salón, pero no al que todos conocéis, una versión más alternativa. Consiste en esconderse con las luces apagadas y de fondo música de terror.
Isaac se negaba a jugar, es asustadizo, pero el lo niega. A Peny le gustó la idea. Entonces jugamos a piedra, papel o tijera para ver quien pillaba primero. Jugamos tres rondas. Y he de confesar que al principio no tenía miedo pero... cuando me tocó pillar AY! me empecé a asustar :/
Desde la perspectiva de la Psicobiología nos encontramos con la activación del miedo a través de la amígdala, pero por otra parte, la corteza prefrontal sabe que es un juego y que no es real. En este caso hacemos trabajar a muestro cerebro para identificar que es real de lo que no lo es.
También entra en juego la liberación de neurotransmisores como la adrenalina, noradrenalina y una vez finalizado el juego se libera dopamina y endorfinas.
Adicionalmente refuerza el vinculo social, compartir miedo controlado aumenta la cohesión del grupo. (Tal y como pasa en las montañas rusas, por ejemplo).



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