Durante mis prácticas no solo he podido aplicar mis conocimientos teóricos, sino que también he sentido como mi vocación se fortalecía. Al mismo tiempo, he sido consciente de que, en cierta manera, había idealizado la profesión. He descubierto que la profesión de enfermería es más dura de lo que imaginaba, no solo por la formación que exige, sino por lo que implica en lo más íntimo: acompañar a personas que atraviesan el peor momento de sus vidas, pacientes que no solo se enfrentan a una enfermedad física, sino que también supone un impacto en lo mental y social.
El contacto directo con la enfermería gracias a las prácticas me ha llevado a comprender las cualidades que se requiere para su práctica como, cultivarse con dedicación, humildad, virtud y la capacidad de reflexionar sobre cuestiones sociales, científicas y éticas. Entre esas competencias, la educación para la salud ha sido una de las que he podido desarrollar, la pude poner en práctica en pacientes, familiares, y compañeros.
Por otro lado, he entendido que ninguna técnica se realiza al azar, detrás de cada procedimiento hay un método científico que lo respalda que garantiza la seguridad del paciente y del propio profesional. Gracias a ello he podido consolidar mis conocimientos sobre todo en farmacología. Estar rodeada de medicamentos que antes solo conocía de forma teórica hizo que aquellos nombres abstractos encontraran un lugar claro en mi mente.
Además, estas prácticas me han ayudado a valorar mi propia salud y la importancia de cuidarla. También he practicado el aprendizaje autónomo, he podido desarrollar la iniciativa y las habilidades sociales.

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